Zona Cafetera

 

 

DONDE CADA CIUDAD ES UN PARQUE

 

Por: Marlene Benavides

 

Hacer turismo por esta región, que abarca los departamentos de Caldas, Quindío y Risaralda, es encontrarse con un diseño, donde la vida de los seres palpita al ritmo de un corazón tranquilo y a la vez emprendedor. Un diseño, en el que la paz del paisaje es la paz del alma y dónde el árbol centenario mira cómo cada ciudad crece, dejando configurar una urbe naciente de cemento, pero es más fuerte la misma naturaleza, respaldada por la esencia de la cultura, costumbres valores y usos, y el mismo clima de la región, que hacen que el paisaje natural no permita ser invadido, sino éste con toda su fuerza, luche y se posesione en lo que es suyo, hasta convertir cada ciudad en un parque.

Panoramas apacibles, donde la gente con su acento alegre y cordial, proporciona al visitante una sensación de calma y hospitalidad, que invitan al disfrute de los paisajes que cantan con el sol; al deleite de un auténtico café entre la frescura de la mañana y la serenata de las aves; a sentir la grandeza del Universo en un crepúsculo cuyo fondo dorado deja ver pinceladas con rosa de Amor Divino, hasta desvanecerse en un abrazo colmado de violetas y azules intensos, después de un día transitado por árboles florecidos, orquídeas y cafetales.

 
Tierra fértil colmada de abundancia vegetal,  donde el entorno cambia de una lluvia fuerte y apasionada a un panorama iluminado con el azul profundo del firmamento y la alegría de las hojas frescas y flores danzarinas en múltiples tonalidades de verde.

Viajar por allí es sumergirse en la sensación de estar en una tarjeta postal, con aromas de flores y café, en medio de la tibieza de un clima que humecta la piel y consuela el alma.

Si se necesitan experiencias de carácter dirigido, es interesante recorrer el Parque del Café, maravilloso lugar, cuya descripción se deja al lector, que si no lo ha visitado, vale la pena encontrar un motivo de asombro y disfrute de la naturaleza.

Tanta belleza no es un espejismo, es necesario ir desprevenidamente, sin apuros, disfrutando tanto de la armonía y exuberancia del  panorama, como los detalles más pequeños: flores, hojas, aves con plumas matizadas en colores primarios; Entre pequeñas colinas, ríos, cascadas y guaduales declaman poemas llevados por el viento a los lugares más recónditos del alma.  Colocadas, como en un pesebre navideño, descansan casitas de colores con tejas de barro, aleros decorados con enredaderas y flores que fluyen en las notas de un bambuco y que reflejan el alma de sus lugareños, gente sincera que saluda al desconocido y acoge a su prójimo.

Nuestro país, es un paraíso que no podemos dejar perder en el egoísmo y la avaricia representada en el agotamiento de sus recursos; desde la misma grandeza de su gente, podemos comprometernos a sembrar prosperidad, por esto, todo turista es bienvenido a apreciar su belleza.

 

Timandra Magazine No.4

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