Las cuatro estaciones

 

LAS CUATRO ESTACIONES

 

Por: Ioma Ferré

 

Vivaldi, el monje rojo, iba alegremente camino al conservatorio de la Pietá en Venecia. Y cuenta la historia que aquella mañana, observó la ciudad privilegiada emergiendo del agua; sintió en su insondable espíritu todas las voces lejanas que deja aún la multitud ansiosa, compañera silenciosa de su fugaz viaje. Escuchó una vez más a cada ser… Y en ese momento, aparecieron ante él varias mariposas amarillas, como si quisieran saludarlo; más allá divisó a una madre junto con sus dos pequeñas hijas:  una de ellas salió a su encuentro; el monje amoroso la saludó con reverencia;  ella complacida dio aviso a los demás niños y todos corrieron hacia él como ángeles visibles que habitan los diferentes reinos del Dios Bondadoso.


Rodeándolo, empezaron los pequeños a reír, a preguntar desordenadamente, otros a susurrar monólogos fragmentados… Vivaldi solamente podía sonreír como quien recuerda con emoción los más gratos momentos de su sabia infancia.Continuó el sendero sin más interrupciones maravillosas, recorrió con su insondable mirada los árboles, el cielo pálido, las construcciones alucinantes y se comunicó con todos y con Todo…


En el Conservatorio, tomó entre sus blancas manos, con enigmático respeto, su violín, el cual acercó a su pecho; se detuvo por unos segundos y luego desempolvó cada una de sus partituras. Sabía perfectamente que cada cuerda cumple una función específica , así  omo cada elemento, por pequeño que sea, finito visible e infinito invisible, habita en el mundo como Armonía, sencillamente interrelacionado y vibrante en el misterio de la creación, que sigue nota a nota el arco que comunica los universos del Gran Compositor.


Hallándose una vez más en el lugar donde tejió y ensayó las múltiples melodías, surgieron en su apasionada y sonora mente los últimos acordes de una de sus 23 sinfonías, completando y llevando a cabo la síntesis de su excelsa obra.
Más cuando experimentó la indisoluble inspiración ahondando en su alma solitaria, comprendió que la música es una morada abierta que liga los espacios existentes en el infinito de cada ser humano; es la más grande comunión de todos los que anhelan encontrar y reposar en el eco de su espíritu supremo, en los sonidos de la quimérica realidad que gravita sobre el mundo, como una bendición en la naturaleza, manifiesta por cada ciclo inmutable que se cumple en cada Estación…

 

Timandra Magazine No. 1

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